Desde siempre se ha pensado que la forma de construir una “sana autoestima” es a través del refuerzo: ¡muy bien! ¡campeón! ¡eres el mejor…! Y esto no hace más que construir la estima del que lo dice (¿soy el mejor? ¿o para él soy el mejor? ¿me siento de verdad el mejor? ¿y cuando no me sale soy el mejor? Y así yo, como niña, seguiría haciéndome mil preguntas).

Lo mismo ha ocurrido con la motivación por hacer o no hacer algo o la motivación por aprender y adquirir habilidades o desarrollar capacidades: siempre hemos pensado que la forma de lograr que un comportamiento se produjera, una habilidad se desarrollara y mantuviera en el tiempo, era ofrecer algo a cambio, reforzar la consecución de aquello que se persigue, bien una buena nota, la promesa de algo material o incluso la crítica, la provocación por parte del adulto con tal de conseguir la reacción del alumno. Pero… ¿qué pasa cuando por más que se esfuerzan no consiguen lo que se espera de ellos? ¿y cuando aquello prometido no causa interés? ¿y cuando esa crítica al contrario de lo que espera el adulto hace sentir mal en lugar de bien?

La realidad es que lo que debemos buscar en los alumnos es la motivación interna, el hacer las cosas porque tiene sentido para ellos, porque se sienten bien haciéndolas, porque les interesa el proceso y no el producto.

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¿Cómo podemos conseguir entonces que nuestros alumnos estén motivados?

  1. Baja al nivel del alumno, trátalo como un igual, comprendiendo y teniendo en cuenta su individualidad, sus motivos; sigue los pasos para lograr la colaboración, busca la conexión, la cercanía siempre es motivadora; cambia tu estilo comunicativo, no uses palabras-frases limitantes y comunícate de forma positiva.
  2. Deja las etiquetas. Las positivas y las negativas. Tanto unas como otras frenan en algún sentido. Investigaciones demuestran que cuando etiquetamos como “buenos” a los alumnos en alguna tarea y les presentamos diferentes cosas que hacer con distinto nivel de complejidad, siempre eligen la misma, la segura, la que saben van a superar obviando aquellas que pueden suponer un desafío. En cuando a las etiquetas negativas, poco hay que decir, ¡de motivadoras no tienen nada! De hecho, ya provocan que tanto adultos como niños/adolescentes nos comportemos como es lo esperado en función de las mismas.
  3. Valora y reconoce el esfuerzo y no el fin. La realidad es que en las aulas cada niño es bueno en algo. No todos pueden ser buenos en todo. Hay cosas que se nos dan mal, que no nos motivan nada, que se nos “atragantan” y otras, sin embargo, a la primera, salen. Los adultos tendemos a ver e inculcar que hay que esforzarse para conseguir. Y al conseguirlo, es cuando reforzamos y reconocemos el buen trabajo. Ahora, ¿qué ocurre con aquellos alumnos que se esfuerzan más que nadie y no lo consiguen? ¿y con aquellos que, al no tener que esforzarse en absoluto, lo que pedimos pierde el interés por completo y por tanto ni lo intentan?. Rudolf Dreikurs nos transmite que debemos valorar cada pequeño paso y construir sobre él. Nos anima a dejar de usar el elogio y los refuerzos para alentar a los alumnos. Ofrecer aliento no es ni más ni menos que transmitir a los alumnos confianza en ellos y en sus habilidades, hacer énfasis en el proceso y no en el fin, en ellos y no en lo que “nos parece” a nosotros.
  1. Guarda un rato del día para decir algo único a cada uno. Cada vez  más docentes empiezan el día con un saludo personalizado, un reconocimiento, algo que le transmite a sus alumnos que son únicos y especiales. Esto ya puede marcar una gran diferencia. Es aliento puro. Decía Dreikurs. “Los niños necesitan aliento como las plantas agua”. Vamos a regarlos entonces.
  2. Cuenta con ellos, implícalos en el día a día. Crea roles o papeles que les den cierta importancia y responsabilidad y rotadlos cada día. Sentir que contribuimos y somos necesarios para algo, nos mantiene motivados para hacer, ¡nos engancha! Implicarlos en la creación de las normas del aula como veremos después será la maneta de lograr que estén motivados para cumplirlas.
  3. Enfócate en que colaboren. Cuanto más cooperen, mejor se sentirán. Investigar, experimentar, indagar… motivan para el conocimiento y el aprendizaje mucho más que un libro de texto. Tenemos que lograr que los alumnos sean miembros activos de su aprendizaje, de su construcción como miembros efectivos de la sociedad. La misma palabra Educar lo transmite, pues educar es dejar salir, no meter. Dejemos que salga de ellos. En el apartado de trabajo cooperativo veremos pautas específicas sobre cómo lograrlo.

Ya hemos visto que la alabanza puede ser un “arma” de doble filo , por tanto ¿cuál es el lado positivo? La alabanza útil, la que efectivamente conduce a aumentar la autoestima y a crear una auto-imagen positiva proviene de dos partes:

1. El adulto describe de forma apreciativa lo que ve ó siente.

2. El niño, después de escuchar la descripción, entonces se alaba a sí mismo.

Podríamos resumirlo en vez de alabanzas evaluativas, deberíamos hacer alabanzas descriptivas. ¿Vemos algunos ejemplos?

  • EVALUAR
Madre: “Veo que has ordenado tu habitación, qué buena niña eres.” Reacción de la niña” No soy tan buena en realidad , escondí algunos juguetes debajo la cama”
  • DESCRIBIR
Madre” Veo que has estado trabajando un montón ordenando la habitación; los bloques están todos otra vez en la caja, los libros en la estantería, las muñecas en su cajón; carai es un placer entrar en esta habitación” Reacción de la niña ” Realmente sé como mantener mi cuarto ordenado cuando me lo propongo”

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